A la IA le sobra la I

Hoy es un día para estar contento. Y lo estoy porque he leído un artículo balsámico: «Por qué la IA no puede crear conocimiento científico nuevo», firmado por Armando Quesada Webb (El País, 21 de noviembre de 2025). Le doy las gracias a Armando Quesada, y a usted le recomiendo que lo lea.

Llevo tiempo intentando convencer a quienes me leen de que la IA está lejos de la inteligencia humana. En El capitalismo inteligente ya dediqué algunos párrafos a ello. Por ejemplo, el que sigue a continuación:

Es cierto que los programas de IA como ChatGPT, capaces de entender nuestras órdenes y responder a nuestras preguntas, han encandilado a medio planeta, pero la inteligencia humana no es eso. La inteligencia humana es mucho más, sencillamente, porque […] es plural. En ella caben los instintos, las ideas, las emociones, la consciencia, los sentimientos. Ninguna de estas alhajas las encontraremos en la inteligencia artificial. (2025, p. 265).

Mi referente en esta área del conocimiento es Roger Penrose, pero tengo que reconocer cuando leí el artículo me quedé más aliviado. Desconocía a los protagonistas del artículo —los investigadores Teppo Felin, de la Universidad Estatal de Utah, y Matthias Holweg, de la Universidad de Oxford—, pero sus currículos son inmejorables.

Ningún párrafo del artículo tiene desperdicio, pero el que cierra el escrito es para enmarcar:

El académico finlandés sostiene que la IA es una “ola tecnológica con limitaciones, especialmente en áreas que requieren verdadera creatividad, formulación de problemas y toma de decisiones estratégicas con visión de futuro”. Felin compara a los modelos de lenguaje con “una especie de Wikipedia dinámica” y es enfático en que hay que ver a la IA “tal y como es: estadísticas y aprendizaje automático en acción, sin nada místico detrás”.

2 de diciembre de 2025