Yo le corté el pelo a Voltaire

Ser peluquero de un ser humano tan particular como Voltaire (François-Marie Arouet) tuvo para mí una ventaja que otros nunca tuvieron: estar cerca de su cabeza. Yo no sé si existen ondas cerebrales que desplazan el saber de un cerebro a otro, pero lo cierto es que cada vez que venía a arreglarse el pelo, yo percibía que mi sabiduría crecía; eso que Voltaire era muy joven entonces, y yo también.

Corta fue nuestra relación (1713-1717), pues fue encarcelado por dedicar unos versos irrespetuosos al regente de Francia, Felipe II de Orleans, y, a continuación, lo desterraron a Châtenay, lugar de origen de su padre. Aunque nuestro vínculo no fue muy duradero, me sirvió para aprender mucho y, sobre todo, para darme cuenta del poder y el valor de la inteligencia humana. Siempre reconocí que ese conocimiento lo adquirí de Voltaire, pero, al fin y al cabo, llegó a ser mío también. Yo envejecí en la peluquería, aunque dediqué mi tiempo libre a la divulgación, a trasladar el conocimiento de las mentes más preclaras del pensamiento humano a los demás. Mi cliente murió en 1778, y mi primera vida se extinguió dos años después.

Voltaire fue en su época la figura más famosa y controvertida de Europa. Defendió la igualdad, el progreso y la libertad. Introdujo a Isaac Newton y John Locke en Francia y fue uno de los inspiradores de la Revolución francesa, aunque murió once años antes de que ocurriera. También fue un escritor incansable; por su obra, fue elegido miembro de la Academia Francesa, convirtiéndose en uno de los «inmortales».

En esta mi segunda vida no me dediqué a la peluquería: cambié de profesión y de lugar de nacimiento, pero, como hice en mi primera vida, en mi tiempo libre sigo dedicándome a la divulgación.

18 de noviembre de 2025