¿Por qué decaen las democracias?

Todo cuanto se está escribiendo en prensa sobre el retroceso de las democracias es interesante y esclarecedor, pero no debemos olvidar que el no a la libertad ha prevalecido sobre el sí hasta los últimos segundos de la evolución del género humano. La democracia es la promotora de la libertad, tanto de la positiva como de la negativa, y, como tal, nos impulsa a ser libres, siempre que queremos serlo.

Lo que pasa es que la libertad positiva o interna —la libertad de vivir nuestra propia vida— siempre ha estado embridada por el temor de los humanos a ser libres; a su vez, la libertad negativa o externa —la no interferencia de los demás en nuestra libertad— siempre ha estado tensionada por la inclinación de los unos a dominar a los otros.

Parece incongruente que el ser humano tenga miedo a la libertad cuando sigue luchando por ser libre. Eric Fromm dedica Miedo a la libertad a explicarnos esta aparente contradicción. Una contradicción que deja de serlo cuando nos damos cuenta de que la libertad nos obliga a decidir y a responsabilizarnos de nuestras decisiones. Esta es la parte que no nos gusta.

Desde el comienzo de su existencia el hombre se ve obligado a elegir entre diversos cursos de acción. En el animal hay una cadena ininterrumpida de acciones que se inicia con un estímulo —como el hambre— y termina con un tipo de conducta más o menos estrictamente determinado, que elimina la tensión creada por el estímulo. En el hombre esa cadena se interrumpe. El estímulo existe, pero la forma de satisfacerlo permanece «abierta», es decir, debe elegir entre diferentes cursos de acción. En lugar de una acción instintiva predeterminada, el hombre debe valorar mentalmente diversos tipos de conducta posibles; empieza a pensar. Modifica su papel frente a la naturaleza, pasando de la adaptación pasiva a la activa: crea. Inventa instrumentos, y al mismo tiempo que domina la naturaleza, se separa de ella más y más. (2000, pp. 72-73).

Esta «liberación de la determinación instintiva del obrar» es la que nos permite «emerger de la existencia inconsciente de la vida prehumana para elevarse hacia en nivel humano», la que nos convierte en seres racionales. Este proceso de racionalización, de liberación, del ser humano comenzó con el Renacimiento, y ha seguido su curso hasta el presente; pero no ha terminado: la libertad sigue siendo «una carga insoportable».

Ella [la libertad] se identifica entonces con la duda y con un tipo de vida que carece de significado y dirección. Surgen así poderosas tendencias que llevan hacia el abandono de este género de libertad para buscar refugio en la sumisión o en alguna especie de relación con el hombre y el mundo que prometa aliviar la incertidumbre, aun cuando prive al individuo de su libertad. (Ibid., p. 77).

Tanto es así que no solo cedemos nuestra libertad a cambio de dirección, protección y bienestar, sino que, incluso, llegamos al punto de justificar nuestra subordinación a totalitarismos y sectarismos que nos venden, a cambio de sumisión, el reino de la felicidad.

Las democracias se debilitan o desaparecen por estas motivaciones.

FROMM, E. (2000): El miedo a la libertad (14ª reimpresión), (Gino Germani, trad.), Barcelona, Paidós.

7 de julio de 2026